ODA AL BOTIJO

ODA AL BOTIJO

21/05/2021 1 Por NuestraReaccion

“Vasija de barro poroso que se usa para refrescar el agua, de vientre abultado, con asa en la parte superior, a uno de los lados boca para llenarlo de agua, y al opuesto un pitorro para beber”. Así de sencillo define la RAE el botijo.

BOTIJOS

Su funcionamiento también es muy sencillo ya que se basa en la evaporación del agua. Si lo llenamos con agua caliente, esta irá evaporándose y gracias a la porosidad del barro que lo compone, este agua evaporada se irá filtrando por las paredes del botijo. O de forma más técnica, el calor (agua caliente) es energía (moléculas moviéndose y chocando entre sí). Esta energía hace que algunas moléculas sean trasladadas al exterior, con lo cual, cada vez habrá menos moléculas moviéndose, lo que se traducirá en menos energía, menos calor y, por lo tanto, el agua más fría.

Este recipiente cerámico que nosotros conocemos como «búcaro», lo he visto en casa de mi abuela desde que tengo uso de razón.

En las tardes de verano, colocado en el alfeizar de la ventana que daba al patio junto a las macetas que lo decoraban. La boca debidamente tapada con un tapete de crochet y, sosteniéndolo y recogiendo su sudor, un plato de hojalata con el borde azul. Junto a él, en su mecedora y al fresquito, mi abuela.

Cada verano me afanaba por aprender a beber de él, me costaba aguantar el peso y conseguir la puntería necesaria para que, desde el pitorro, el agua llegara a mi boca. Mi tía detrás, pendiente por si se me resbalaba. Por mucha prisa que tuviera, que siempre la tenía, me dedicaba ese tiempo, pacientemente, para que yo aprendiera a beber agua del búcaro. Así de imprescindible era el búcaro en casa de mi abuela.

El despertar de la siesta de mi tío culminaba bebiendo del búcaro. Cada persona que llegaba a la casa empezaba o terminaba su visita refrescándose con él.  Era un salvador para aquellos que venían de trabajar en el campo.

 Desde el alfeizar de la ventana contempló como, cada verano, la casa se llenaba de los nietos que veníamos de la ciudad. Junto a mi abuela nos vio nacer y crecer.

 Llegaron nuevas formas de mantener el agua fría y poco a poco fue haciéndose menos visible en el alfeizar, aunque siempre acompañó a mi abuela.

He comenzado escribiendo sobre este artilugio de forma desapasionada y, poco a poco, han ido apareciendo en mi memoria miles de anécdotas de mi infancia con las que me he reído y también llorado. ¡Un simple botijo!

Este verano cuándo vuelva al pueblo, lo buscaré y volveré a darle su sitio.